martes, 2 de junio de 2015

El caudillismo popular: un problema del mexicano votante

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El caudillismo popular:
un problema del mexicano votante


Por: María Santos Villarreal @marifersv94


Imagen: rememes.com




Si bien es cierto que se necesita gente capaz, con valores y con ganas de servir en el gobierno, no sería esto suficiente para generar un verdadero cambio positivo en nuestro México, tan herido.

Hemos crecido como nación mexicana bajo el manto ideológico de que alguien va a salvarnos de nuestra lamentable situación. En los periodos electorales del 2012 y del 2015, que son en los que pude o podré votar, he notado que la grandísima mayoría de los ciudadanos diosifican a un candidato a “x” puesto de elección popular. Por poner los ejemplos más sonados, menciono a Andrés Manuel López Obrador, a Enrique Peña Nieto y a Jaime Rodríguez Calderón. Estos tres han sido los personajes de la política mexicana reciente que más han resaltado el problema ideológico que venimos cargando los mexicanos desde que nacimos como Estado-Nación: el problema del caudillismo popular.


En la historia.-


Desde antes de la llegada de los españoles, el Imperio Azteca siempre había clasificado y/o organizado a su pueblo en una estructura piramidal. En una pirámide, sólo hay lugar para una persona en la cima: todos siguen, apoyan y alaban al líder. En el caso de los aztecas, el emperador era su líder (la punta de la pirámide) y representaba a dios mismo en la tierra, como una especie de Jesucristo. Si tenían un mal emperador, llegaba el siguiente y todos esperaban que este fuera a revolucionar su situación y los fuera a llevar de la miseria a la prosperidad. Una y otra vez, con todos los emperadores ocurría lo mismo: diosificación de parte del pueblo azteca.

En la colonia española, sucedió lo mismo: hartazgo, abusos, mal gobierno… Y hubo una revolución que culminó en la independencia de México. Aquí se consolida más el tema de la diosificación de los líderes. Hubieron dos caras de la libertad como factor decisivo en el movimiento de independencia: el negativo y el positivo. El aspecto positivo de la libertad en el desarrollo de la independencia mexicana es en el que se buscó, después de haber destruido, construir un nuevo orden social. Y, el aspecto negativo, abandonó para siempre la posibilidad de situarse en un orden y perdura en caos, abandonando el impulso popular.

Aunque ese aspecto negativo de la libertad terminó por superarse, nos dejó de legado al caudillismo popular… Continúa aún el mexicano diosificando al líder.

Dando un largo salto en la historia, me voy del siglo XVI al siglo XIX y XX: la época caudillista en su máximo esplendor. Ya consolidado México como un Estado, presentaba problemas políticos serios al no tener un gobierno estable. Pasamos de presidente en presidente y siempre esperando que el nuevo reivindicara al gobierno anterior.

Seguimos como sociedad cultivando el chip que tenemos incrustados en el cerebro desde la época de los aztecas: un chip que nos deja claro que en la cima sólo hay lugar para uno y este uno nos va a proporcionar la salvación.

Después de un mal gobierno, siempre ha surgido un personaje de oposición que lucha contra el régimen y termina por tumbarlo y construir sobre él un nuevo gobierno en el que “ahora sí” se vea por el bien del pueblo. Por retomar una serie de ejemplos, tenemos de Benito Juárez a Francisco Madero. El gobierno liberal de Benito Juárez no tenía contentos a los conservadores, a la Iglesia Católica ni a la élite del país. Estos, al sentir que México (y/o sus intereses particulares) se estaban yendo al caño, buscaron a un salvador: Maximiliano de Habsburgo o Maximiliano I de México, como también se le conoce. Con ayuda militar, se quitó a Juárez del gobierno y se impuso de facto un (segundo) imperio en el que Maximiliano era el emperador. A fin de cuentas, resultó no ser lo que esperaban y terminó el asunto como empezó: quitaron de facto a Maximiliano del poder y Juárez volvió a la presidencia. Todos esperaban que Juárez restaurara la “democracia”. Después, Juárez terminó por no ser lo que muchos esperaban (traicionando ideales propios y cayendo en la hipocresía) y surge un nuevo caudillo: Porfirio Díaz. Díaz quita a Juárez del poder y muchos lo siguen bajo el lema de “sufragio efectivo, no reelección” y llega Díaz a la presidencia a salvar a todos los mexicanos del mal gobierno. Como Juárez, Díaz termina por ser hipócrita con sus ideales, ya que se reelige por más de 30 años, y surge un nuevo caudillo: Francisco Madero. Madero, junto con otros caudillos (Zapata, Villa, Huerta, entre muchos otros), quitan a Díaz del poder atacándolo con su propio lema, “sufragio efectivo, no reelección”, y se impone él en la presidencia: “ahora sí”, México se salvaría de la tiranía. Y así me puedo ir por años: luego Victoriano Huerta quita a Madero, Carranza a Huerta, etcétera, etcétera, etcétera.

Se repite el mismo patrón una y otra vez: hay un mal gobierno, los mexicanos inconformes se levantan, surge un líder (caudillo) entre todos, los demás lo siguen y apoyan al estar seguros que este los va a salvar de su situación y llega este al poder... Y el ciclo se repite. Aunque ya no estamos en época de caudillos y los presidentes, gobernadores, alcaldes y demás gobernantes se eligen por medio de votaciones “democráticas”, seguimos como mexicanos con este patrón en la cabeza.

Ciertamente, ya no estamos en una época de revoluciones y gobiernos de facto. Ya evolucionamos a ser una república “democrática”. Sin embargo, el tema del caudillismo popular, que comenzó con la diosificación de los emperadores aztecas y siguió con la adoración a los caudillos revolucionarios, es bastante relevante en la actualidad. ¿Por qué? Porque aunque en nuestros días no andemos con nuestras botas y sombrero, montados en un caballo, armados con rifles y liderando a un ejército de iletrados, idolatramos a los políticos como en ese entonces venerábamos a los caudillos y, más atrás, a los emperadores aztecas.

Ahora bien, situándonos en el siglo XXI: teníamos un mal gobierno con setenta años del PRI y queríamos un cambio. Se movilizan los mexicanos y surge un líder entre todos: Vicente Fox Quesada, abanderado por el PAN, partido de oposición en ese entonces. Todos lo apoyan por ser alguien nuevo y que seguro nos salvará a todos del mal gobierno priísta, resulta electo Fox y… Tenemos un mal gobierno. Llega Felipe Calderón y, siendo muy distinto a Fox, pero representando aún el hartazgo de los ciudadanos con el monopolio priísta, gana las elecciones. Luego, es criticado por no haber tenido un gobierno modelo. En estas elecciones, además, surgió el personaje de Andrés Manuel López Obrador, quien a su vez representaba también otro sector de la población (ideológico y social).

Después del gobierno de Felipe Calderón, llegan las elecciones del 2012 y ahora estamos en las del 2015. En estas dos me quiero enfocar por ser, además de las únicas en las que he votado o podré votar, en las que más se ha visto reflejado el tema del caudillismo popular en la época contemporánea.


Elecciones del 2012 y del 2015.-


Es en estas dos elecciones en las que tenemos los tres ejemplos más recientes y a la vez más exagerados de un problema de idealización a los políticos. Puse como ejemplos a AMLO, EPN y El Bronco. AMLO tiene un síndrome mesiánico que es evidente para todos: tanto en sus discursos, como en sus acciones, como en sus intenciones, se puede notar que, en su cabeza y en la de los amlovers, él es la única opción que puede salvarnos del mal gobierno. ¡Vaya, si su partido es “la esperanza de México” y él es nuestro “presidente legítimo”! AMLO es un caudillo que vino a salvarnos del mal gobierno de todos los corruptos y de la mafia del poder, de la cual él es una pobre víctima. Enrique Peña Nieto también tiene a sus seguidores peñistas que, no importa cuánta tontería diga, siempre están para defenderlo y resaltar sus (nulas) cualidades y “geniales” acciones como presidente de la república. EPN también es un caudillo que vino a salvarnos de 12 años de un mal gobierno panista.

El Bronco en Nuevo León, viene a salvarnos del mal gobierno que hemos tenido en las últimas décadas con puros gobernadores panistas y priístas: va a correr al bipartidismo. Sinceramente, yo voy a votar por él porque representa el hartazgo de la ciudadanía ante la ineptitud y cinismo de todos los partidos políticos     y resulta ser un hecho sin precedente que un candidato independiente, con todo (incluyendo la ley) en contra, llegue a un puesto de elección popular. Pero independiente de las muchas razones que tengo para votar por este candidato e independientemente del hecho de que voy a votar por él, es evidente que El Bronco es un fenómeno que vuelve a resaltar el problema del caudillismo popular en el chip de los mexicanos. Así como habemos muchos que razonamos nuestro voto y estamos convencidos de que es la mejor opción, también hay muchos broncoliebers que lo siguen simplemente porque tienen una ciega esperanza en que si él llega al gobierno va a salvarnos de la mala situación en la que nuestro estado se encuentra.

Ya es parte del chip mexicano el adorar a un político, creyendo que si llega al poder va a resolver todos nuestros problemas. Sin duda el gobierno tiene parte de culpa de que estemos como estemos… Pero no el 100%. En nuestra realidad, tanto el pueblo como el gobierno tenemos la culpa de estar como estamos: y en lugar de actuar, le echamos toda la carga al gobernante. Es totalmente absurdo el pensar que un presidente, gobernador o alcalde va a resolver todos los problemas de una sociedad por sí solo o por el hecho de llegar al poder. No se puede. Así no funcionan las cosas.

Por supuesto que estoy de acuerdo con que un grandísimo factor necesario para la transformación de Nuevo León, en este caso (y de otros estados con sus gobernadores o de México en el caso del presidente), es la erradicación de la partidocracia y el gobierno de los corruptos. Necesitamos que llegue alguien independiente a ser nuestro gobernador: necesitamos un bronco. No obstante, aún y si llega Jaime Rodríguez Calderón al poder, aún y si el 100% de sus intereses sean trabajar en pro del pueblo neoleonés, aún y si tuviera a todo el Congreso a su favor, aún y si contara con todos los recursos, aún y si no tuviera enemigos en la política y otros partidos… Aún y con todo eso, El Bronco no podría solucionar todos los problemas de Nuevo León. ¿Por qué? Porque para transformar nuestra situación se necesita un gobierno capaz y decente, pero que trabaje en conjunto con la sociedad civil.

Los votantes presentamos un evidente problema de caudillismo popular. Este no es exclusivo del candidato en cuestión (aunque con este se ha visto más fuerte en las elecciones del presente año), sino de todo el sistema político mexicano. Es un problema que tenemos los mexicanos desde siempre: idolatrar al caudillo y pensar que va a resolver todos nuestros problemas o que es la inmaculada concepción. Desde la época del imperio de los aztecas, siempre ha habido un sólo lugar en la punta de la pirámide: y todos los mexicanos hemos estado esperando siempre la llegada de Quetzalcóatl para rescatarnos.


Cambio de cultura.-


Independientemente de si Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador, Jaime Rodríguez Calderón, o cualquier político que se les ocurra sean buenos o malos, el problema al que aludo en este escrito es al problema ideológico en la cabeza del mexicano votante. Si resulta que el candidato al que uno apoya es malo, vamos a seguir el mismo ciclo de siempre. Si resulta que el candidato es bueno, ¡genial! Pero aún y que fuera Jesucristo Encarnado, un excelente gobernante no es suficiente para resolver todos los problemas del pueblo de México, o de Nuevo León, o de cualquier parte. Se necesita también como factor decisivo a una sociedad civil activa.

En la medida en la que dejemos de heredar como sociedad a las siguientes generaciones el chip del caudillismo popular, la cultura política irá cambiando y seremos electores más críticos. Podremos ver sin tanta pasión de por medio a los candidatos y gobernantes como lo que son: humanos. Y no esperaremos a Quetzalcóatl, como lo hacemos desde la época de los aztecas a la actualidad, a que venga a salvarnos. Quetzalcóatl no existe.

Debemos de eliminar este chip del caudillismo popular de la mente de los mexicanos y, también, destruir este sistema piramidal en el que sólo hay lugar para una persona en la cima. Creo que sólo así podremos tener una relación política sana, en la que los gobernantes trabajen de la mano con la sociedad civil y no sean vistos como el Cristo Redentor que va a solucionar todo lo que el gobernante anterior arruinó o lo que todo el pueblo necesita.

México podrá transformarse en la medida en la que tengamos buenos gobernantes y, al mismo tiempo, una sociedad civil participativa e informada. Ya basta de idolatrar a los políticos como si fueran dioses.







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